“Invocación al insomnio” por el filósofo Emil Cioran – de cómo la mente compleja puede generar un insomnio fuerte

Tenía yo diecisiete años y creía en la filosofía. Lo que no se refería a ella me parecía pecado o basura: ¿los poetas?, saltimbanquis aptos para la diversión de mujerzuelas; ¿la acción?, imbecilidad delirante; ¿el amor, la muerte?, pretextos de baja estofa que se rehusaban al honor de los conceptos. Olor nauseabundo de un universo indigno del perfume del espíritu… Lo concreto, ¡qué mancha!, alegrarse o sufrir, ¡qué vergüenza! Sólo la abstracción me parecía palpitar: me entregaba a hazañas ancilares por miedo de que un objeto más noble me hiciera infringir mis principios y me entregase a las zozobras del corazón. Me repetía: sólo el burdel es compatible con la metafísica; y acechaba –para huir de la poesía- los ojos de las criaditas y los suspiros de las fulanas.

… Hasta que viniste tú, Insomnio, a sacudir mi carne y orgullo; tú, que transformas al bruto juvenil, matizas sus instintos, avivas sus sueños; tú, que, en una sola noche, dispensas más saber que los días consumados en el reposo, y, en los párpados doloridos, descubres un suceso más importante que las enfermedades sin nombre o los desastres del tiempo! Tú me permitiste escuchar el ronquido de la salud, los humanos sumergidos en el olvido sonoro, mientras que mi soledad englobaba la negrura circundante y se hacía más vasta que él. Todo dormía, todo dormía para siempre. No más aurora: velaré así hasta el fin de las edades: se me esperará entonces para pedirme cuentas del espacio en blanco de mis sueños… Cada noche era igual a las otras, cada noche era eterna. Y me sentía solidario de todos los que no pueden dormir, de todos esos hermanos desconocidos. Como los viciosos y los fanáticos, yo tenía un secreto; como ellos, hubiera constituido un clan, a quien excusarlo todo, darlo todo, sacrificarlo todo: el clan de los insomnes. Atribuía yo genio al primer llegado con párpados pesados de fatiga, y no admiraba a ningún ingenio que pudiera dormir, aunque fuese gloria del Estado, del Arte o de las Letras. Hubiera tributado culto a un tirano que –para vengarse de sus noches- hubiera prohibido el reposo, castigado el olvido, legislado la desdicha y la fiebre.

Y fue entonces cuando apelé a la filosofía: pero no hay idea que consuele en la oscuridad, no hay sistema que resista las vigilias. Los análisis del insomnio deshacen las certezas. Cansado de tal destrucción, llegaba a decirme: no más dudas: dormir o morir…, reconquistar el sueño o desaparecer…

Pero tal conquista no es fácil: cuando uno se acerca a ella, se da cuenta de hasta qué punto está marcado por las noches. Si amáis, vuestro ímpetu estará corrompido para siempre; saldéis de cada «éxtasis» como de un espanto de delicias; a las miradas de vuestra excesivamente próxima vecina mostraréis un rostro de criminal; a sus sinceros retozos responderéis con las irritaciones de una voluptuosidad envenenada; a su inocencia, con una poesía de culpable, pues todo se os volverá poesía, pero una poesía de la culpa… ¿Ideas cristalinas, engranaje feliz de pensamientos? Ya no pensaréis más: advendrá una irrupción, una lava de conceptos, sin consistencia ni acuerdo, conceptos vomitados, agresivos, salidos de las entrañas, castigos que la carne se inflige a sí misma, pues el espíritu permanece víctima de los humores y fuera de cuestión…

Padeceréis por todo, y desmesuradamente: las brisas os parecerán borrascas; los roces, puñales; las sonrisas, bofetadas; las bagatelas, cataclismos. Y es que las vigilias pueden cesar; pero su luz perdura en uno: no se ve impunemente en las tinieblas, no se extrae de ello enseñanza sin peligro; hay ojos que jamás podrán ya aprender nada del sol, y almas enfermas de noches de las que nunca curarán…

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